¿Qué izquierda?

Hacer vista gorda, guardar silencio por temor a perder las regalías y favores políticos, le hace un flaco favor al arduo camino de la construcción de la identidad de la llamada izquierda y la liberación de sus lastres autoritarios.

Por Rosa-Inés Martínez, Socióloga.
El Martutino

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El interminable debate, tanto político como académico, acerca de qué es lo que constituye ser de izquierda en los tiempos actuales, dada su historia, las relaciones de ésta con el poder y la práctica de la llamada izquierda, permanece vigente, tema del que está plagada la literatura sociológica y política.

No estando firme en la teoría o discusión de lo que es ser de izquierda, una mínima racionalidad y conocimiento de la historia de las relaciones humanas, sobre todo las relaciones económicas y políticas, nos puede informar al menos de lo que NO es ser de izquierda.

No es parte del ideario de la izquierda el atentar sistemáticamente hacia la clase trabajadora.

No se puede catalogar dentro del ideario de la izquierda, permitir prácticas de explotación infantil, así como tampoco las prácticas de acoso y persecución a las mujeres.

No se puede calificar tampoco parte del ideario de izquierda, mantener a sectores de la clase trabajadora en condiciones contractuales de inseguridad y precariedad, dentro de ellos, los  llamados trabajadores honorarios, ni menos desconocer que constituyen fuerza de trabajo.  

Están reñidas con el ideal de la izquierda, la práctica de uso de recursos públicos, para beneficio partidario, así como también la práctica del nepotismo, es decir, privilegiar a sus amigos en el ejercicio del poder.

Tampoco son parte de la agenda de la izquierda el ampararse en instituciones antidemocráticas heredadas de la constitución dictatorial –como lo es el Tribunal Constitucional- para el perjuicio de los trabajadores.

Un mínimo juicio racional, nos dice que las mencionadas prácticas no son parte de lo que comprende el ideario de la izquierda.

Entonces, ¿Quién a sabiendas de aquello puede seguir autoproclamándose de izquierda? ¿Qué ferviente izquierdista puede dar luz verde a esas prácticas del poder y seguir defendiendo a esa llamada izquierda?

No bastan las auto declaraciones para ser de izquierda, no se es de izquierda porque me declaro, se es algo –izquierda, derecha, feminista, católico, ateo, etc.- por los actos o prácticas reales. 

Parece obvio, pero en el mundo de las apariencias en que vivimos, se hace necesario explicitarlo.

No, no bastan las auto declaraciones o las declaraciones públicas para que lo que se dice ser, sea. Se requiere una práctica coherente con ello, lo otro, es a lo menos deseos no alcanzados, voluntad en potencia sin acción o simplemente intensión de engañar. 

Por tanto, el viejo, facilón y recurrido argumento de que por el sólo hecho de autoproclamarse de izquierda te convierte en ello no te legitima para ejercer el clásico chantaje de que si no adhieres a mi eres parte del enemigo que se encuentra en las antípodas, práctica que tampoco debería ser parte de lo que se denomina una praxis de la izquierda, (aunque la historia está plagada de lo contrario) más bien da cuenta de un rasgo característico de una mentalidad autoritaria; o estás conmigo o eres mi enemigo, autoritarismo característico de las mentalidades totalitarias, de mentalidades dicotómica entre amigo – enemigo, izquierda o fascista.

A este respecto, conocidas por todos y comentadas en voz bajita, son las prácticas de vigilancia, control y persecución que se ejerce dentro de los espacios municipales con el correspondiente miedo a la represalia por opinar de manera divergente. Ese es el clima que se ha impuesto en la manera de gobernar de esta izquierda que vivimos en nuestra ciudad, y que lo ha evidenciado la renuncia incluso de quienes fueron amigos, compañeros y gran parte del equipo que trabajó para lograr el triunfo del sillón alcaldicio, algunos de ellos con disputa en tribunales de justicia.

Hacer vista gorda, guardar silencio por temor a perder las regalías y favores políticos, cerrar los ojos ante tales prácticas con una actitud de lenidad de cofradías o simplemente porque quien las practica es el compañero auto proclamado de izquierda, le hace un flaco favor al arduo camino de la construcción de la identidad de la llamada izquierda y la liberación de sus lastres autoritarios. Es simplemente, permitir encubar el huevo de la serpiente, que finalmente terminará envenenando esos mismos ideales que la llamada izquierda dice interpretar.

Pasamos 30 años bajo el burdo chantaje de que si no apoyábamos a la llamada izquierda en este país, le estábamos haciendo un favor a la derecha y vendría ésta a gobernar este país, mientras fueron forjando un país, donde esa misma izquierda gobernante sedimentaba el legado de un dictador, mientras se condenaba y denostaba los intentos de buscar vías alternativas de construcción de equidad y justicia social y ambiental democrática.

Y así, después de 30 años, ha quedado de manifiesto que esa izquierda fue la que precisamente cimentó el camino y –más aún- fue socio coadyuvante en la transformación institucional que hoy representa la desigualdad, el enriquecimiento a través del poder y la tremenda inequidad en que vive el país.  Así, la izquierda con tal de no “hacerle el juego a la derecha”, terminaron corroyendo las promesas y anhelos que alberga la sociedad por el verdadero cambio hacia la justicia social y la equidad, tiñendo de descrédito a la clase política, que terminó desfilando en los salones del poder, donde su traje poco se diferenciaba de aquella denostada derecha. 

Fueron precisamente esas prácticas y el afán de mantener el poder a cualquier costo, por lo que terminaron esos izquierdistas abriéndole el camino a la incredulidad y al  ansancio ciudadano. A pesar de la infructuosa búsqueda de responsables fuera de su cancha de juego, no fue más que la propia permisibilidad y ceguera de los llamados izquierdistas que permitieron que sus dirigencias se travistieran en su práctica concreta en el poder, sin ponerle coto y seguir creyendo el cuento del lobo, sin percibir que el disfraz comenzaba a traslucir. 

Así como en la derrota después de 30 años de gobiernos auto proclamado de izquierda no cabe culpar más que a esa misma izquierda, por su permisibilidad ante sus dirigencias, a la cual la gente dejó de creerle, hoy ya no cabe esperar que la gente no haya aprendido a zafarse de la culpa de los chantajes a los que fueron sometidos por tanto tiempo. No, no cabe culpar a la gente por no creer ya en el viejo chantaje a la venida de la derecha si lo que se ofrece como alternativa, al igual que otrora, poco dista de ella. 

Lo irónico es que, quienes en su tiempo fueron los del dedo acusador hacia quienes se habían despojado de los miedos al chantajes, hoy parecen no haber aprendido del pasado reciente, y han encontrado un nuevo nicho para seguir anclados en esa romántica idea de la lucha por una izquierda desfigurada de contenido, sin haber aprendido que esos dedos del chantajes fueron los grandes culpables del travestismo de esa izquierda. La lección parece no haberse aprendido aquí en Valparaíso

Mientras las adhesiones de esa izquierda no esté motivada más que por el repetido slogan “impedir que  venga la derecha”, seguirá anclada en las dicotomías decimonónicas que no dan cuenta de la realidad, esa realidad que se ha vuelto más diversas y por tanto compleja, donde diversos actores y entidades, otrora en la sombra de la historia, han cobrado visibilidad en la arena social, para su interpretación y compresión, y por tanto, han pasado a ser sujetos históricos relevantes y con ello, han dejado obsoleta la miseria del binarismo ideológico. 

Gracias a las técnicas de marketing, la política hoy se ha transformado más bien en producto que busca seducir en base a la imagen y el slogan, más que en contenido programático; de ahí los millones que se invierten por todos los sectores políticos en períodos electorales. Hoy es posible producir una serie de productos para el consumo político, y como toda fábrica para el consumo, la izquierda ha producido también sus productos y slogans para el consumo, vacíos de contenido pero que, gracias a otra aliada del marketing, la publicidad o propaganda en este caso, su repetición mecánica, ha terminado saciando los anhelos por redentores, de aquellos huérfanos que dejó la izquierda, aunque eso no sean más que tibios deseos para ocultar la angustia de saberse en el fondo sin catedral, en la orfandad política, incapaces de construir proyectos de comunidad liberados de los atávicos conceptos binarios que pueblan el pensamiento decimonónico. Y de eso  nos hablaba Fromm en su Miedo a la Libertad.

Perpetuar el poder por el poder, vacío de contenido y coherencia al ideario al que dice adscribir, es sumarse a amamantar monstruos que –así como en la esfera nacional- devastaron sueños y anhelos por los cambios económicos, sociales y culturales, gracias a esa permisibilidad de aquellos ilusionados en aferrarse a un slogan vacío de contenido, por miedo a enfrentarse a que de esa izquierda, poco quedaba de tal. Treinta años nos costó reconocerlo a viva voz.

Que cada uno profese las religiones que le plazca… o que necesite; al menos yo, declaro mi derecho al agnosticismo y al descrédito de viejas catedrales. 

FOTO: Pablo Alarcón.

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